La desaparición del Geist en la cultura global es algo ya casi consumado. La velocidad con que los modos de interconectarnos van cambiando a pasos agigantados desde la irrupción de las IAs abiertas. Hoy, nuestra palabra, nuestra imaginación y hasta nuestros deseos pueden ser canalizados mediante esos novedosos vehículos tecnológicos.
Pero, si bien la IA generalizada está generando estos cambios profundos, el inicio de la desaparición del Geist (algún día intentaré precisar su sentido, por fuera de las definiciones abstractas hegelianas) se remonta a la sistematización de la Big Data. La información de los individuos, de los grupos, de las sociedades, de los consumidores, de los usuarios de redes sociales, etc., están al servicio del mejor postor. Las grandes corporaciones políticas, mediáticas y de consumo pueden fácilmente pagar a los servicios administradores de la Big Data para tener completa influencia sobre poblaciones enteras, o sectores de ellas. Las neurociencias, al servicio del poder económico y global, enseñan el modo en que el individuo reacciona ante los estímulos de cualquier tipo. De este modo, mediante la Big Data podemos, si no predecir completamente las preferencias y decisiones, al menos sí direccionarlas.
Es por eso que en Argentina, por ejemplo, el bombardeo ideológico y comunicacional nos obliga a tomar partido por Irán o por Israel, y sentimos que si no estamos en alguno de los dos polos, no somos usuarios dignos de los medios de comunicación y de las redes sociales. Tal es la presión, que, si no tenemos juicio fundado o vemos la situación con matices, se nos acusa de colaboracionista (activo o pasivo) de alguna de las dos posturas.
Nunca el Geist estuvo tan fácil de analizar. Ni siquiera Hegel, con su teleología de la historia, asumió tal nivel de fatalismo. Tampoco, creo, el marxismo se ciñó tan fuertemente a la inevitabilidad del proceso de consumación de la humanidad. Pero ahora es todo mucho más fácil de predecir. La plutocracia global se alza de manera irremediable con el poder. Al controlar el dinero, y contar con todos los recursos comunicacionales para direccionarlo intencionadamente, las decisiones de los grupos sociales gradualmente serán guiadas por el propio dinero. ¿Habrá cambios en esos direccionamientos? ¡Sin dudas! Tenemos mil ejemplos de esto. En los años 60 del siglo pasado, por ejemplo, vimos cómo el movimiento hippie nació una manifestación rupturista, para convertirse en expresión de la pop culture en pocos años. El punk, expresión de la rebeldía de los 70, se convirtió en rebeldía marketinera en los 90. El grunge de Nirvana acabó con la vida del sufriente Cobain, cuando él se descubrió siendo parte de la cultura del consumo contra el que quería luchar. Los pins del Che Guevara, crítico feroz de cualquier expresión del imperialismo, están en todas las mochilas de los pibes que no saben quién fue. Hoy el "género urbano" de música, que de ocurrencia tiene muy poco y de samples predigeridos tiene todo lo demás, ha reemplazado al rock, como ya lo venía haciendo el reggaeton.
¿Qué queda entonces del Geist creativo, si cada individuo, aplastado por el peso de la pertenencia al grupo, y por el bombardeo de los mass media y el control calculado de la Big Data, predefine, con semanas de anticipación, cada nueva moda y cada objeto de consumo? Hace 30 años, un corredor de pista, o de calle, era una rareza, un espécimen abocado a un extraño deporte de competición. Hoy los runners copan los espacios públicos en señal de masiva camaradería. Si ya no hay Geist ajeno al Geist-der-Technologie, porque las preferencias personales están predefinidas, o se convierten en modelos de consumo masivo si son rentables, ¿qué pueden los Geister individuales aportar para romper con el molde predefinido por el gran capital?
Piénsese en los experimentos en que se ponen a ratones en un complicado laberinto. Naturalmente, el ratón intentará salir del mismo si tiene miedo o hambre. Entonces el investigador puede, por caso, poner un alimento oloroso al final del camino para que el ratón, eventualmente, por ensayo y error, lo encuentre, hallando así la salida.
Pues bien: nuestro capitalismo de la Big Data no quiere que el ratón salga. Entonces le irá poniendo siempre pedacitos de comida alejados del camino que lo lleva a la salida. El ratón vivirá siempre corriendo detrás del queso, y no tendrá la necesidad de salir del laberinto; ni siquiera la sospecha de que hay algo más allá del laberinto.
He ahí el Geist: está encerrado por la necesidad del queso, y ni siquiera tiene la sospecha de que hay algo detrás del laberinto en que se alimenta a criterio del investigador.
(Perdón. La redacción no ha sido prolija ni revisada. Fue una breve reflexión intempestiva)